lunes, 10 de marzo de 2008

El año que conocí a Gaby Alvarez.

Fué al final del verano. Una escapada corta con mi amigo Sergio Lacri a las playas uruguayas. El plan era aprovechar el declive del afluente turístico para gozar de manera discreta de la belleza de las playas orientales. Lo haciamos en parte para evitar el agetreo que se vive en esa ciudad balnearia durante el pico de la temporada, en parte para saciar la compulsión por el uso recreativo de los alcaloides de mi amigo Sergio, quien -según repetía todos los días durante semanas antes de nuestra partida- la única razón por la que quería ir a Punta del Este era para estar completamente drogado en la playa. Mi aspriración -válga el término- era mucho más humilde. Yo simplemente quería conocer algún famoso.
El día antes de partir dedicamos un incansable esfuerzo para esconder de forma ingeniosa la considerable provisión de estiupefacientes. En el momento no medí la desproporcional cantidad de droga que cargábamos para dos individuos. Casi irreflexivamente pensé que era mejor que sobrara antes que fálte. Siempre es incómodo tratar de conseguir sustancias ilegales en paises ajenos al propio. Encontrar a la gente indicada, utilizar los códigos correctamente y la siempre amenaza de ser estafado, ya sea con el precio, la cantidad y calidad de lo que se compra, en el caso de llegar a esa instancia. Sergio ya había resuelto todas estas cuestiones antes de partir.
La intrincada tarea de esconder nuestro cargamento en los rincones más recóndidos de nuestro equipaje nos había dejado satisfechos. Todo estaba distribuido en tres escondites. Detrás de un forro cocido. En medio de una bolsa de calzoncillos -premeditadamente- sucios. Por último, un paquete de anfetaminas desprejuiciadamente ubicado entre la ropa. Discutimos acaloradamente por eso. Me parecía que ese paquete ameritaba un escondite más sofisticado. Sergio insistió haciendo referencia al cuento "La carta robada" de Edgar Allan Poe, que muchas veces la mejor manera de esconder algo es dejándolo a plena vista.
Sellamos el equipaje y dejamos todo listo para el día siguiente.
El día del viaje empezó con mucha expectativa. Fuimos a la terminar portuaria de Buquebus en Buenos Aires acompañados por una tía de Sergio, quien nos encomendó un favor. Marité, una prima suya casada con un oriundo de Piriapolis llamado Wilson se había comprado un perrito a quien le habían puesto por nombre "Botija", tal vez como proyección del hijo que nunca tuvieron. Era de raza Spitz japonés. Nunca me quedó claro si por alguna razón veterinaria o simplemente como gesto la tía de Sergio nos encomendó un paquete de alimento balanceado para el Botija.
Su tía insistió que guardáramos el alimento para perro en la valija. Al verlo guardar el colorido paquete en la valija pensé que era una maniobra de Sergio para dejar contenta a su tía. Una vez pasado migraciones le pregunté donde tiraríamos la comida para perros. Sergio reaccionó indignado y cerró la discusión diciendo "primero la familia". Nos olvidamos de todo y por tres monótnas horas hojeamos varias revistas de chimentos, en las que aproveché para indagar que famosos se encontraban aún vacacionando en Punta del Este.
Ya casi en el ocaso del día arrivamos al puerto de Montevideo donde tomaríamos un ómnibus hasta Punta del Este. Descendimos del barco muy entusiasmados y caminamos por los pasillos de aduanas rumbo a la salida. Al final del trayecto había un detector de metales por donde teníamos que pasar y una máquina de rayos infrarojos por donde teníamos que pasar el equipaje. Apenas a metro y medio de la salida un supervisor dijo "la maleta naranja" haciéndo referencia nuestra valija. El funcionario de aduanas abrió la valija y revolviendo sin interés separó el alimento del Botija. -"No se puede entrar con esto al país" -levantando el colorido paquete con iconografía canina -"esto tiene que quedar acá". Sergio se resistió a dejar su encomienda e intentó apelar al lado compasivo del oficial de aduanas contándole la historia de Marité y Wilson y su perrito Botija. El funcionario se mostró inflexible. Sergio desistió y aceptó dejar la comida del Botija. Cuando el funcionario cerraba la valija el paquete de anfetaminas que venía suelto cae al piso. Hubo un silencio expectante de apenas un segundo en el que contuve la respiración e intenté no mostrarme desesperado. Si jugábamos nuestra movida con calma todavía existía una posibilidad que el paquete tendido en el piso pasara inadvertido y poder disfrutar de su contenido al otro día en la playa. Cuando dirigí mi mirada a Sergio éste se encontraba con el brazo extendido con un dedo delator que me señalaba.
Lo que recuerdo del episodio es el brutal peso de los guardias de seguridad sobre mi cuerpo. No con violencia pero con mucha determinación fuimos detenidos en ese momento.
Los detalles procedimentales que me llevaron al penal de las Rosas se me escaparon como un puñado de arena sobre la palma de mi mano.
Ese fue el año que conocí a Gaby Alvarez.

por: Tito Ortiz