lunes, 28 de junio de 2010

Religión y Adoctrinamiento

Haciendo juzgar a Dios, juzgan ellos mismos; glorificando a Dios se glorifican ellos mismos; exigiendo la virtud de que ellos mismos son capaces- es decir, la virtud de que tienen necesidad para conservar la dominación-, se dan grandes aires de luchar por la virtud, de combatir por el predominio de la virtud. “Nosotros vivimos, nosotros morimos, nosotros nos sacrificamos por el bien” (esto es, por la verdad, por la luz, por el reino de Dios); en realidad, hacen lo que no pueden menos de hacer. Mientras que, a modo de hipócritas, se muestran humildes, se ocultan en los rincones, viven como sombras en la sombra, hacen de esto un deber: su vida de humildad aparece como un deber, y como deber es una prueba más de piedad hacia Dios... ¡Ah, qué humilde, casto, misericordioso modo de impostura!
¡La virtud misma es confiscada por esa gentecilla; ellos saben cuál es la importancia de la moral! La realidad es que aquí la más consciente presunción de elegidos desempeña el papel de modestia; desde entonces se han formado dos partidos: el partido de la verdad, o sea ellos mismos, la comunidad, los buenos y los justos, y, de otra parte, el resto del mundo... Éste fue el más funesto delirio de grandezas que hasta ahora existió en la tierra: pequeños abortos de hipócritas y mentirosos comenzaron a reivindicar para sí los conceptos de Dios, verdad, luz, espíritu, amor, sabiduría, vida, casi como sinónimos de ellos mismos, para establecer así un límite entre ellos y el mundo; pequeños superlativos de hebreos, maduros para toda clase de manicomio, hicieron girar en torno a ellos mismos todo valor, como si precisamente el cristiano fuese el sentido, la sal, la medida y también el último tribunal de todo lo demás..

El Anticristo, F. Nietzsche