viernes, 27 de junio de 2008

Edipo de Edipos: El hombre de los lobos.

Edipo de Edipos: El hombre de los lobos.

“(...) el lobo es la manada, en otras palabras, la multiplicidad instantáneamente aprehendida en cuanto se acerca o se aleja del cero (...)”

G. Deleuze & F. Guattari, “Mil mesetas”.

Por regla general (...) un síntoma no corresponde a una única fantasía inconsciente, sino a una multitud de estas (...).”

S. Freud “Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad

En este artículo propongo una lectura crítica sobre la cuestión del complejo de Edipo planteando que este no puede ser considerado un complejo concéntrico sujetado en un solo punto singular. De esta manera propongo que el modelo ideal del complejo de edipo como esquema teórico presenta una sutura en su estructura triangular que no se condice con el fenómeno real que podemos observar en los casos concretos. La cuestión la traemos justamente del estudio de caso presentado por Freud en el artículo “Historia de una neurosis infantil” conocido también como el caso del “Hombre de los lobos”. En este artículo encontramos la posibilidad de dislumbrar que la neurosis histérica pueda ser evidencia de esta imposibilidad de constituir un complejo de edipo que presente prolijamente sus tres términos sujetados en un centro definido como el padre, o la castración. Más bien proponemos la posibilidad de que este complejo tienda a esta forma, aunque le sea imposible alcanzarlo. Concretamente planteamos que, como propone Freud, este complejo nuclear permite cierto deslizamiento de sus términos identificándolos en otros sujetos que no son ni el padre o madre reales, pero que muy bien pueden cumplir esta función en otros ámbitos en los que se desarrolla el devenir de la vida humana. Este deslizamiento no significa que, por ejemplo, “la maestra”, “el policía”, “el juez”, “el jefe”, en fin, cualquier sujeto que cumpla en la sociedad un papel de autoridad, y frente al cuál adoptamos una posición similar al del elemento originario de la estructura edípica, implique efectivamente que esa persona ocupe ese lugar. Esto es, la figura de autoridad no es una sustitución automática en un esquema cerrado que se reproduce de manera idéntica en las relaciones sociales que se desarrollen fuera de la familia. A pesar de coincidir con el principio elaborado en “Totem y Tabu” que plantea por medio del mito científico la formación originaria del complejo de edipo, esto no es sino una simplificación esquemática de cómo se articulan el momento particular de la experiencia psíquica individual con la colectiva. De la misma manera, es decir manteniendo esta noción, por la que damos origen a nuestra organización social, la cual da como resultado la constitución de una subjetividad que nos permita experimentar la ilusión de nuestra propia individualidad fundada en el “yo”.

Debemos reconocer aquí la influencia manifiesta de la lectura del segundo ensayo de “mil mesetas” de G. Deleuze y F. Guattari titulado “1914: Uno o varios lobos[2]. Este artículo es justamente una lectura crítica del caso del “hombre de los lobos” la cuál seguimos solo en forma sugestiva, ya que presenta una posición muy singular respecto a esta cuestión. El elemento central que rescatamos –el cuál es indisociable de la noción de “rizoma”– es que el lobo no existe solo sino que aparece o existe solo en manadas. Para estos autores Freud pasa por alto este pequeño detalle, crucial para entender la postura que aquí presentamos. Es más, una observación que refuerza esto es la figura que dibuja Freud de los lobos sentados en el árbol, que a pesar de que repite varias veces que en el sueño del paciente son seis o siete los lobos, él solo dibuja cinco. Aún así Freud asocia un significado a este número, vinculando al cuento infantil que le contaba su hermana mayor en el que son siete los cabritos que son hostigados por el lobo.

Antes de proseguir sería bueno separar la paja del trigo. Debemos reconocer cuales de estas asociaciones del análisis de Freud tienen un carácter innegable y cuales pueden ser cuestionadas. En definitiva algo de crédito merece por su labor psicoanalítica y claramente él conoce mejor que nadie el caso por haber tratado de primera mano este paciente. El elemento crítico se puede aplicar a algunos cabos sueltos, sobre todo el que hemos mencionado, el del número de los lobos y de que estos solo se presentan en manada; de manera que es imposible que exista un lobo aislado.

El acierto innegable comienza por el descubrimiento del impacto que tuvo sobre su paciente haber presenciado la escena del coito de sus padres a la escasa edad de un año y medio. Aún así este descubrimiento no necesariamente tuvo en efecto traumático sobre el infante, más allá de descubrir las posiciones pasivas y activas respecto a la sexualidad del padre y de la madre. Pero esto puede ser considerado un hecho contingente en relación al resultado final de sus síntomas histéricos. Pues no es hasta los cinco años que comienzan los sueños traumáticos de los lobos que lo acechan desde el árbol frente a su ventana. Esto nos permitiría pensar que esta experiencia del coito de los padres es el primer eslabón de una cadena de sucesos que gestarán su neurosis histérica. Esto está más que claro cuando Freud nos presenta el caso sin el ordenamiento cronológico al que llega después de años de análisis y elaboración de su propio paciente. Es así que este dato no aparece sino después de haber presentado una serie de experiencias que Freud asocia a los cuentos infantiles protagonizados por lobos. No negamos que estos cuentos infantiles hayan tenido algún efecto en la formación del síntoma, pero estos no son más que material significante[3] del que se pudo haber valido el inconsciente para dar forma –de manera distorsionada– a sus fantasías sexuales. En este caso estamos sosteniendo que los cuentos infantiles de por sí no provocan síntomas histéricos, aunque es evidente la estructura edípica y neurótica detrás de sus tramas. Pensar que los cuentos infantiles son la causa de la histeria de los hombres de los lobos es sostener que cuanto niño sea expuesto a estos relatos devendrá en neurótico, lo cual es una falacia.

Aquí nos acercamos a un punto fundamental de nuestra argumentación. Si no son los cuentos los generadores de neurosis, ¿qué es lo que fijará en el hombre de los lobos su síntoma? Esto es, ¿si no han sido estos cuentos lo que permitieron a este paciente la formación de sus síntomas, que los formó? En este sentido estaríamos en condiciones de afirmar –como ya lo hemos hecho– que estos cuentos más que formar un síntoma lo desformaron. Esto es, brindaron el material simbólico a partir del cual pudo manifestar las representación desformada de sus fantasías sexuales. Pero esto no es lo mismo que afirmar que las historias generaron estos síntomas. Además de todo lo dicho al respecto podemos preguntarnos que hay detrás de estas historias infantiles. Estas historias no llegaron por sí solas al niño, sino que le fueron contadas. En este sentido lo que está detrás de las historias son las personas que le contaron estas historias, que son nada más y nada menos que una hermana bastante mayor y su abuelo.

Aquí Freud se concentra en el contenido de los relatos. La historia en la que los lobos se suben uno encima del otro para alcanzar al sastre, ubicando en la base de esta pirámide de lobos al lobo que ha perdido el rabo. Es un gran acierto la aguda observación que permite interpretar que el lobo castrado es el que se deja montar por los demás lobos. Ahora bien, aún queda preguntarse como esta asociación llega a fijar la escena primordial del coito entre los padres y sus síntomas histéricos.

Antes de esbozar el movimiento final de esta argumentación me permitiré volver a mencionar quienes están detrás de los lobos, o por lo menos quienes son los agentes –por no decir sujetos– de estos relatos: El abuelo y la hermana mayor. El primero es, nada más ni nada menos, quien se encargó de castrar a su padre, y ahora también, en alguna medida, a su nieto. Por otro lado, su hermana, no una hermana cualquiera, sino una hermana que le lleva significativa distancia en edad es quien fija la imagen del lobo parado sobre sus patas traseras listo para atacar. Ahora bien ¿quiénes son los lobos? O mejor dicho ¿es uno o varios los lobos que amenazan con su castración, o que lo acechan desde su ventana? Ya hemos dejado claro en estas preguntas a que apuntamos con el título de este artículo. Ahora queda aclarar lo que el paciente sabe, aquello que trae desde su saber manifiesto –así como sus síntomas– al análisis y que es presentado con un valor secundario en el artículo de Freud.

Aquí es donde adquiere relevancia el argumento de Deleuze y Guattari: lo que Freud sabe de psicoanálisis y que ignora de zoología; y al mismo tiempo lo que el paciente sí sabe, presenta en su material de análisis y que logra pasar desapercibido por su terapeuta. Lo que Freud ignora sobre los lobos y que su paciente sabe –ya que su padre tiene o tuvo rebaños de ovejas. La amenaza de los lobos se puede asociar con mayor facilidad a esta cuestión –que aparece en el material de análisis que Freud presenta sobre este caso– que a los cuentos infantiles.

El hombre de los lobos sabe en primer lugar que es un lobo porque sabe lo que es una oveja. De hecho también en su material de análisis aparecen perros ovejeros. ¿De donde salieron estos perros ovejeros? ¿Cuál es la relevancia de las ovejas en su historial? ¿Acaso él es una oveja asediada por los lobos como en los cuentos infantiles que les cuentan su padre, su abuelo y su hermana mayor?

Si el fuera una oveja sabría lo que Deleuze y Guattari remarcan: Que el lobo no existe solo, sino en bandadas, acaso jaurías. En este sentido, este dato pormenorizado por Freud, de que los lobos son seis o siete –como en el cuento de los cabritos– o cinco como en su ilustración; sería de capital importancia.

Este es el punto central de nuestra argumentación, lo que nos permite llegar al Edipo de Edipos, o mejor dicho a la castración de las castraciones, el hecho que el hombre de los lobos sea “hombre de los lobos” en vez del “hombre del lobo” u “hombre–lobo” en singular. Esto es lo que tanto Freud como su paciente saben, pero al mismo tiempo ignoran[4].

Lo que tampoco podemos ignorar aquí es la angustia de castración, y como esta motoriza una mudanza de afecto que lo coloca en posición pasiva respecto a su padre y su narcisismo que resiste defendiendo la posición activa que le corresponde a su masculinidad. Es este enfrentamiento que da forma a su síntoma. Su deseo femenino de ser poseído sexualmente por su padre cae bajo represión desplazándose o sustituyéndose en la angustia de los lobos acechando a su ventana. Esto es lo que presenta Freud[5] y sin duda es una excelente interpretación de un sueño.

En pocas palabras el caso de neurosis histérica del hombre de los lobos sería una homosexualidad reprimida por un narcisimo impuesto por su propio reconocimiento anatómico masculino. Esto es la ambigüedad generada por sus deseos, fundados en una fantasía sexual infantil, de ser poseído por el padre –que sería similar a la adopción de una posición pasiva respecto a su sexualidad– enfrentado a la imposición narcisita de su propia anatomía.

Sin embargo queda por resolver la cuestión de la pluralidad de lobos. ¿Acaso el padre puede encarnar esta pluralidad? ¿Acaso hay otros lobos rabudos que lo amenazan con castrarlo? ¿Quiénes son estos lobos, o a quien encarnan en esta representación distorsionada?

Podemos hacer como Freud y dejar pasar la cuestión del número, que parece ser una fijación constante que no podemos agotar en la idea del cuento infantil. En este sentido podríamos adoptar dos posiciones respecto de esta cuestión. La primera sería proponer que el padre se manifiesta como la manada de lobos. Esto en sí mismo implicaría que la imagen del padre, o su amenaza de castración; o incluso en términos de la fantasía del niño, de satisfacer el deseo del padre, podría manifestarse en una figura múltiple, plural o fragmentada. En este caso, incluso manteniendo el centro del edipo contenido en una sola figura, la del padre, éste podría presentarse fragmentada, es decir por medio de varios lobos. Esto presentaría aspectos singulares para el esquema del complejo de edipo en su términos ideales, esto es aquel tríangulo con sus lados bien distribuidos. En este caso los lobos, única manifestación posible del lobo en singular, permitiría evidenciar una ramificación en uno de los vértices de este triángulo. Esta nueva figura geométrica, que adquiriría nuevas dimensiones implicaría similares ramificaciones en los restantes vértices de esta figura haciendo evidente un aspecto de la estructura psíquica del sujeto. Esto sería ir más allá de la estructura neurótica del sujeto y admitir lisa y llanamente otra cuestión a la que Freud no le resulta agradable. El hombre de los lobos es un psicótico, acaso un esquizofrénico[6].

Por otro lado podríamos pensar simplemente que la manada de lobos es el resultado de sujetos individuales que se constituyen en una unidad múltiple en el sentido que todos presentan una misma propiedad, esto es la amenaza de castración, en tanto todos poseen la capacidad de adoptar una posición activa en relación a su fantasía sexual infantil. En este caso un lobo podría ser su padre, otro lobo su abuelo, así como su hermana mayor, y así otros sujetos que hayan podido fijar en él la sensación de poder adoptar una posición activa frente al sujeto. De esta manera llegamos a lo que proponemos en el título, el edipo de edipos. En este caso en vez de encontrarnos frente a una figura multidimensional que obligue a ramificar cada uno de los términos o vértices de esta misma figura llevando al sujeto a la psicosis, tendríamos una superposición de triángulos en los que, a pesar de esta organización caótica, el sujeto adoptaría una posición similar respecto al centro del edipo en cada figura. Esto sería que el sujeto podría adoptar una posición respecto a cada uno de los lobos de la manada. Es decir que a pesar de esta manifestación múltiple del complejo de edipo podríamos seguir manteniendo un complejo nuclear de tres momentos cerrado. En este caso podríamos diferenciar los síntomas del sujeto como neuróticos. Por otro lado esta postura podría ayudarnos a ligar la neurosis a la condición colectiva de existencia que presenta el ser humano. ¿Cómo lograr reproducir en un momento colectivo la estructura psíquica individual? Esto ayudaría a resolver una cuestión que planteamos al comienzo de este trabajo, de cómo es posible deslizar en la vida social los elementos de la estructura psíquica individual. Esto fue planteado en términos de cómo es posible deslizar figuras de autoridad fuera del padre. Es más, en este momento podríamos incluso preguntarnos como lograr esto sin volverse psicótico. En este caso podríamos afirmar que desarrollamos edipos de edipos, y que justamente esta superposición de figuras triangulares sería la condición de la neurosis. De manera que la estructura ideal del edipo sería exactamente eso, una estructura ideal. Al mismo tiempo esto nos permite establecer la condición de la neurosis que implica la organización de la vida en sociedad, a entender la superposición de relaciones edipicas, o en los términos del título de este ensayo, edipos de edipo.

De esta manera creemos haber resuelto esta cuestión –sin solución– que planteamos desde el principio. Nuestra conclusión es la siguiente. Si la manifestación de la manda de lobos representa solamente al padre, en este caso no nos quedaría otra opción que proponer que el hombre de los lobos es psicótico. En caso de que cada lobo represente a un individuo particular que se puede presentar ante la fantasía sexual infantil del sujeto como un agente de la castración. Esto sería afirmar la posibilidad de propagación de un complejo nuclear cerrado de tres momentos con la posibilidad de fijación a partir de distintas experiencias. Esto podría permitir demostrar la particularidad de la neurosis –como consecuencia de la existencia en sociedad– y su diferenciación frente a la psicosis.



Postfacio:


Esto es una variación literaria en torno al complejo de edipo. Un intento de desmitificar la autoridad desde una posición de resistencia, esto es, desde el reconocimiento de ese mismo mandato sometedor. Casi un ejercicio de elaboración y duelo por la imposición de la cultura. Una búsqueda futil con los mismos instrumentos de sometimientos que se nos aplican. Una miniatura literaria. Una ficción filosófica.


[1] Ricardo Esteves (UBA) ric.esteves@gmail.com

[2]G. Deleuze & F. Guattari “1914: One or several wolves?” en “Thousand Plateaus: Capitalism and schizophrenia University of Minnesota Press, 2002 (1980).

[3] Somos conscientes de que esta categoría no es propiamente freudiana, y que para ser más fieles a la letra freudiana deberíamos hablar de material simbólico.

[4] En el caso de Freud, él mismo admite “El nexo de las fantasías con los síntomas no es simple, sino múltiple y complejo, probablemente a consecuencia de las dificultades con que tropieza el afán de las fantasías inconscientes por procurarse una expresión” lo que lo llevará a elaborar una conclusión en la que afirma “Un síntoma histérico es la expresión de una fantasía sexual inconsciente masculina, por una parte, y femenina, por la otra.” S. Freud “Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad (1908)” en “Obras completas” Ed. Amorrortu. Bs. As. 2001. Pág 144 y 146 respectivamente.

[5] S. Freud “De la historia de una Neurosis Infantil” en “Obras completas” Ed. Amorrortu. Bs. As. 2001. Pág 45.

[6] Esta postura se acercaría mucho a lo que proponen Deleuze y Guattari en su proyecto de esquizoanálisis expresando tanto en este ensayo como su obra “el anti-edipo” Paidos, Buenos Aires 1998 (1972).


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