jueves, 19 de abril de 2012

Walter Benjamin - La tarea del traductor


Walter Benjamin - La tarea del traductor (extracto)

En todo caso, como consecuencia de este intento de explicación elanálisis parece desembocar de nuevo en la teoría tradicional de latraducción, después de haber dado unos rodeos inútiles. Si el parentesco delos idiomas ha de confirmarse en las traducciones, ¿cómo puede hacerlo, sino es transmitiendo con la mayor exactitud posible la forma y el sentido deloriginal? Naturalmente, esta teoría no podría expresar el concepto de dichaexactitud, ya que no lograría justificar lo que es esencial en una traducción.Ahora bien, el parentesco entre los idiomas aparece en una traducción demanera más intensa y categórica que en la semejanza superficial eindefinible de dos obras literarias. Para comprender la verdadera relaciónentre el original y la traducción hay que partir de un supuesto, cuyaintención es absolutamente análoga a los razonamientos, en los que lacrítica del conocimiento ha de demostrar la imposibilidad de establecer unateoría de la copia. Si allí se probara que en el conocimiento no puede existir la ob-132 jetividad, ni siquiera la pretensión de ella, si sólo consistiera enreproducciones de la realidad, aquí puede demostrarse que ningunatraducción sería posible si su aspiración suprema fuera la semejanza con eloriginal. Porque en su supervivencia —que no debería llamarse así de nosignificar la evolución y la renovación por que pasan todas las cosas vivas — el original se modifica. Las formas de expresión ya establecidas estánigualmente sometidas a un proceso de maduración. Lo que en vida de unautor ha sido quizás una tendencia de su lenguaje literario, puede haber caído en desuso, ya que las formas creadas pueden dar origen a nuevastendencias inmanentes; lo que en un tiempo fue joven puede parecer desgastado después; lo que fue de uso corriente puede resultar arcaico mástarde. Perseguir lo esencial de estos cambios, así como de lastransformaciones constantes del sentido, en la subjetividad de lo nacidoulteriormente, en vez de buscarlo en la vida misma del lenguaje y de susobras —aun admitiendo el psi-cologismo más riguroso— significaríaconfundir el principio y la esencia de una cosa o, dicho con más exactitud,sería negar uno de los procesos históricos más grandiosos y fecundos de lafuerza primaria del pensamiento. E incluso, si pretendiéramos convertir elúltimo trazo de pluma del autor en el golpe de gracia para su obra, nolograría salvarse esa fenecida teoría de la traducción. Pues así corno el tonoy la significación de las grandes obras literarias se modifican por completo con el paso de los siglos, también evoluciona la lengua materna deltraductor. Es más: mientras la palabra del escritor sobrevive en el idioma deéste, la mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en eldesarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de estaevolución. La traducción está tan lejos de ser la ecuación inflexible de dosidiomas muertos que, cualquiera que sea la forma adoptada, ha deexperimentar de manera especial la maduración de la133 palabra extranjera, siguiendo los dolores del alumbramiento en la propialengua. Si es cierto que en la traducción se hace patente el parentesco de losidiomas, conviene añadir que no guarda relación alguna con la vagasemejanza que existe entre la copia y el original. De esto se infiere que el parentesco no implica forzosamente la semejanza. Y aun así el concepto dela afinidad se halla a este respecto de acuerdo con su empleo más estricto,ya que no es posible definirlo exactamente basándose en la igualdad deorigen de ambas lenguas, aun cuando, como es natural, para ladeterminación de ese empleo más estricto siga siendo imprescindible lanoción de origen. Dejando de lado lo histórico ¿dónde debe buscarse el parentesco entre dos idiomas? En todo caso, ni en la semejanza de lasliteraturas ni en la analogía que pueda existir en la estructura de sus frases.Todo el parentesco suprahistórico de dos idiomas se funda más bien en elhecho de que ninguno de ellos por separado, sin la totalidad de ambos, puede satisfacer recíprocamente sus intenciones, es decir el propósito dellegar al lenguaje puro. Precisamente, si por una parte todos los elementosaislados de los idiomas extranjeros, palabras, frases y concordancias, seexcluyen entre sí, estos mismos idiomas se complementan en susintenciones. Para expresar exactamente esta ley, una de las fundamentalesde la filosofía del lenguaje, hay que distinguir en la intención lo entendidoy el modo de entender. En las palabras Brot y pain lo entendido es sin dudaidéntico pero el modo de entenderlo no lo es. Sólo por la forma de pensar constituyen estas palabras algo distinto para un alemán y para un francés;son inconfundibles y en último término hasta se esfuerzan por excluirse.Pero en su intención, tomadas en su sentido absoluto, son idénticas ysignifican lo mismo. De manera que la forma de entender estos dos,vocablos es contradictoria, pero se complementa en las dos lenguas de lasque proceden. Y a decir 134verdad se complementa en ellas la forma de pensar en relación con lo pensado, Tomadas aisladamente, las lenguas son incompletas y sussignificados nunca aparecen en ellas en una independencia relativa, comoen las palabras aisladas o proposiciones, sino que se encuentran más bienen juna continua transformación, a la espera de aflo-írar como la puralengua de la armonía de todos /esos modos de significar. Hasta ese momento ello permanece oculto en las lenguas. Pero si éstas se desarrollanasí hasta el fin mesiánico de sus historias, la traducción se alumbra en laeterna supervivencía de las obras y en el infinito renacer de las lenguas,como prueba sin cesar repetida del sagrado desarrollo de los idiomas, esdecir de la distancia que media entre su misterio y su revelación, y se vehasta qué punto esa distancia se halla presente en el conocimiento.En todo caso, esto permite reconocer que la traducción no es sino un procedimiento transitorio y provisional para interpretar lo que tiene desingular cada lengua. Para comprender esta singularidad el hombre nodispone más que de medios transitorios y provisionales, por no tener a sualcance una solución permanente y definitiva o, por lo menos, por no poder aspirar a ella inmediatamente. En cambio el desarrollo de las religionestiene un carácter mediato, porque hace madurar en los idiomas la semillaoculta de otro lenguaje más alto. Así resulta que la traducción, aun cuandono pueda aspirar a la permanencia de sus formas —y en esto se distinguedel arte— no niega su orientación hacia una fase final, inapelable ydecisiva de todas las disciplinas lingüísticas. En ella se exalta el originalhasta una altura del lenguaje que, en cierto modo, podríamos calificar desuperior y pura, en la que, como es natural, no se puede vivir eternamente,ya que no todas las partes que constituyen su forma pueden ni con muchollegar a ella, pero la señalan por lo menos con una insistencia admirable,como si esa región fuese135el ámbito predestinado e inaccesible donde se realiza la reconciliación y la perfección de las lenguas. No alcanza tal altura en su totalidad, pero talaltura está relacionada con lo que en la traducción es más quecomunicación. Ese núcleo esencial puede calificarse con más exactituddiciendo que es lo que hay en una obra de intraducible. Por importante quesea la parte de comunicación que se extraiga de ella y se traduzca, siempre permanecerá intangible la parte que persigue el trabajo del auténticotraductor. Ésta no es transmisible, como sucede con la palabra del autor enel original, porque la relación entre su esencia y el lenguaje es totalmentedistinta en el original y en la traducción. Si en el primer caso constituyenéstos cierta unidad, como la de una fruta con su corteza, en cambio ellenguaje de la traducción envuelve este contenido como si lo ocultara entrelos amplios pliegues de un manto soberano, porque representa un lenguajemás elevado que lo que en realidad es y, por tal razón, resultadesproporcionado, vehemente y extraño a su propia esencia.
Estaincongruencia impide toda ulterior transposición y, al mismo tiempo, lahace superflua, ya que toda traducción de una obra, a partir de un momentodeterminado de la historia del lenguaje, representa, en relación con unaspecto determinado de su contenido, las traducciones en todos los demás.Es decir que la traducción transplanta el original a un ámbito lingüístico más definitivo —lo que, por lo menos en este sentido, resulta irónico—, puesto que desde él ya no es posible trasladarlo, valiéndose de otratraducción y sólo es posible elevarlo de nuevo a otras regiones de dichoámbito, pero sin salir de él. No por azar la palabra «irónico» puedehacernos recordar aquí ciertas argumentaciones de los románticos. Éstosfueron los primeros que tuvieron una visión de la vida de las obras, de lacual la traducción es la prueba suprema. Claro está que apenas lareconocieron como tal y que dirigieron más bien toda su atención a136la crítica, que representa igualmente, aunque en una proporción menor, unacircunstancia importante para la supervivencia de las obras. Pero auncuando su teoría se refirió difícilmente a la traducción, la grandiosa obra detraductores que cumplieron coincidió con un sentimiento de la esencia y dela dignidad de esta forma de actividad. Este sentimiento —como todo parece indicarlo— no es forzosamente el más poderoso en el escritor. Yhasta es posible que éste, en su calidad de autor, lo considere insignificante. Ni siquiera la historia apoya el prejuicio tradicional según el cual lostraductores eminentes serían poetas y los poetas mediocres pésimostraductores. Muchos de los mejores, como Lutero, Voss, Schlegel, sonincomparablemente más significativos como traductores que como poetas;otros entre los máximos, como Hölderlín y George, no se pueden entender,en el ámbito total de su creación, sólo como poetas, y mucho menos comotraductores. Precisamente por ser la traducción una forma peculiar, lafunción del traductor tiene también un carácter peculiar, que permitedistinguirla exactamente de la del escritor. Esta función consiste en,.encontrar en la lengua a la que se traduce una actitud que pueda despertar en dicha lengua un eco del original. Esta es una característica de latraducción que marca su completa divergencia respecto a la obra literaria, porque su actitud nunca pasa al lenguaje como tal, o sea a su totalidad, sinoque se dirige sólo de manera inmediata a determinadlas relacioneslingüísticas. Porque la traducción, al contrario de la creación literaria, noconsidera como quien dice el fondo de la selva idiomática, sino que la miradesde afuera, mejor dicho, desde en frente y sin penetrar en ella hace entrar al original en cada uno de los lugares en que eventualmente el eco puededár, en el propio idioma, el reflejo de una obra escrita en una lenguaextranjera. La intención de la traducción no persigue solamente unafinalidad137distinta de la que tiene la creación literaria, es decir el conjunto de unidioma a partir de una obra de arte única escrita en una lengua extranjera,sino que también es diferente ella misma, porque mientras la intención deun autor es natural, primitiva e intuitiva, la del traductor es derivada, ideo-lógica y definitiva, debido a que el gran motivo de la integración de las muchas lenguas en una sola lengua verdadera es el que inspira su tarea.Una tarea en la que las proposiciones, obras y juicios particulares no llegannunca a entenderse, pero en la cual las lenguas diversas concuerdan entresí, integradas y reconciliadas en la forma de entender.